Cuando la maleta de Mateo cayó sobre el sendero de grava helada, Isabella Reyes ya se había quedado sin nada que decirle a su recién nacida salvo mentiras.
—Todo va bien —susurró contra la fina manta—. Estoy aquí. Te tengo conmigo.
Lucia lloraba pegada a su pecho, con un gemido débil y constante que desgarraba a Isabella más que el propio frío. La cara de la niña estaba escondida bajo el borde de la manta, pero no era suficiente. El viento que llegaba desde el estanque parcialmente congelado se colaba por todas partes: bajo el jersey de invierno rasgado de Isabella, bajo la manta barata, bajo la piel.
El parque estaba casi desierto después de la puesta de sol.
Las ramas desnudas de los robles arañaban un cielo azul amoratado. Una costra de nieve vieja bordeaba el sendero húmedo de grava. Reflejos pálidos temblaban sobre el hielo junto a la orilla del estanque y, en algún lugar a lo lejos, un columpio oxidado chirriaba al moverse ligeramente con el viento, aunque no hubiera ningún niño sentado en él.
Isabella estaba en un banco desgastado bajo los árboles, con Lucia apretada contra el pecho, intentando protegerla de una temperatura que no dejaba de bajar.
Su maleta cerrada yacía de lado junto al sendero, donde su hermano la había arrojado antes de cerrar la puerta del apartamento.
El bolso de los pañales descansaba vencido junto a sus pies, casi vacío.
Dos pañales limpios.
Un biberón con leche de fórmula fría.
Un paquete de toallitas tan escaso que podía contar cuántas quedaban.
Su teléfono se había quedado sin batería horas antes. De todas formas, le habían cortado la línea la semana anterior. Llevaba veintitrés dólares en la cartera, una tarjeta de autobús con un solo viaje y ningún lugar cálido al que llevar a su hija.
Lucia empezó a llorar con más fuerza.
—Lo sé —susurró Isabella mientras la mecía—. Lo sé, mi amor. Perdóname. Lo siento muchísimo.
Aquello era lo peor.
No el frío. Ni el hambre. Ni los moratones de la cara ni el labio partido, que le escocía cada vez que respiraba por la boca.
Era no poder dejar de pedirle perdón a una niña que no había hecho otra cosa que llegar al mundo y confiar en ella.
Tres horas antes, Isabella todavía creía que su hermano entraría en razón.
Diego se lo había prometido.
Después de la muerte de su madre, se había quedado junto a la tumba con la única camisa negra que tenía y le había dicho:
—No estás sola, Isa. Nunca.
Durante años, Isabella lo creyó porque necesitaba creerlo. Porque se suponía que la familia era el lugar al que acudías cuando todo lo demás se rompía.
Entonces nació Lucia, empezaron los llantos y Marisol, la novia de Diego, decidió que la niña era un problema que había que sacar de allí.
—Lo ha estropeado todo —espetó Marisol desde la cocina mientras Lucia gritaba en brazos de Isabella—. Estoy harta de escuchar a esa cría llorar toda la noche. Harta de los biberones en el fregadero, de los pañales en la basura y de que se haya adueñado del apartamento como si pagara el alquiler.
Isabella permanecía descalza en el pasillo, todavía recuperándose del parto, con el cabello oscuro cayéndole suelto alrededor de la cara y Lucia aferrada contra el pecho.
—Diego —dijo—. Por favor.
Su hermano no quiso mirarla.
Fue entonces cuando lo comprendió.
No cuando Marisol la llamó inútil.
Ni cuando Diego agarró la maleta de una esquina y empezó a meter ropa dentro sin doblarla.
Ni siquiera cuando la sujetó del brazo con demasiada fuerza y la empujó hacia la puerta.
Lo comprendió cuando él se negó a mirarla.
—Tú y la niña ya no podéis quedaros aquí —dijo.
—Fuera hace un frío terrible.
—Hay albergues.
—Solo tiene tres semanas.
—Lo siento.
Pero no parecía sentirlo.
Parecía cansado.
Al llegar a la puerta, Isabella intentó darse la vuelta para recoger el bolso de los pañales, pero Marisol se lo lanzó contra el pecho con tanta fuerza que la correa le raspó la mano. Isabella perdió el equilibrio y se golpeó la mejilla contra el marco de la puerta. El labio se le abrió contra sus propios dientes.
Lucia soltó un chillido.
Algo se quebró dentro de Isabella en aquel momento. No lo suficiente para pelear. No lo suficiente para vencer. Solo lo suficiente para quedarse allí, sangrando, y susurrar:
—Es un bebé.
Marisol miró a Lucia como si la niña le hubiera hecho algo personalmente.
—Pues cuídala en otro sitio.
Diego arrojó la maleta al pasillo.
El cerrojo se cerró detrás de ellas.
Isabella esperó de todos modos.
Un minuto.
Cinco.
Quince.
Lucia lloró hasta quedarse ronca.
Nadie abrió la puerta.
Así que Isabella se marchó.
Ahora estaba sentada en el parque porque no tenía ningún otro lugar donde sentarse, meciendo a su hija bajo los árboles desnudos mientras el aire helado le abrasaba la garganta y el hielo del estanque crujía suavemente junto a la orilla.
Durante un instante angustioso, pensó en el hospital.
Pero allí le harían preguntas.
¿Dónde se aloja?
¿Quién la ha golpeado?
¿Se siente segura en casa?
¿Tiene seguro médico?
¿Está presente el padre?
Y, debajo de todas ellas, estaba la pregunta que más temía:
¿Puede hacerse cargo de esta niña?
Isabella inclinó la cabeza y apretó los labios contra la manta de Lucia.
Se suponía que la respuesta debía ser sí.
Tenía que ser sí.
Pero la noche era cada vez más fría, el biberón ya no servía y su cuerpo seguía doliéndole después del parto de formas sobre las que nadie la había advertido. La profunda pesadez de los moratones. La leche escapándose de sus pechos. El agotamiento que hacía que hasta los pensamientos más sencillos parecieran muy lejanos.
Seguía atrapada en aquella espiral cuando oyó pasos sobre el sendero helado.
Firmes al principio.
Después se detuvieron de golpe.
Algo cambió en el aire.
Isabella levantó la vista.
Un hombre estaba a varios metros de distancia, inmóvil en mitad del sendero de grava.
Abrigo oscuro de lana. Camisa blanca de vestir. Corbata aflojada. Rostro agotado por el viaje. Una maleta resbalando de su mano.
La maleta cayó con fuerza sobre la grava sin abrirse.
Su aliento se elevó blanco en el aire helado.
Durante un segundo imposible, Isabella solo distinguió su silueta contra la débil luz de las farolas.
Después pudo verle la cara.
Mateo.
Mateo Vargas.
El último hombre al que había amado.
El hombre al que había intentado odiar porque el odio era más limpio que el dolor.
El hombre cuya ausencia se había convertido en uno de los huesos de su vida.
Parecía mayor. Más delgado. Más cansado alrededor de los ojos. Llevaba encima el agotamiento endurecido de demasiados viajes, el que acumulan los hombres después de demasiados aeropuertos y demasiadas promesas hechas a sus jefes en lugar de a las personas.
Pero era él.
—¿Isabella?
Su nombre salió de su boca como si verla se lo hubiera arrancado del pecho.
Lucia lloró contra ella e Isabella ajustó la manta con manos temblorosas. El sonido de la voz de Mateo derribó el frágil muro que aún la mantenía entera. Un sollozo escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
Mateo echó a correr.
Atravesó deprisa el sendero helado, estuvo a punto de resbalar una vez, recuperó el equilibrio y siguió avanzando. Su expresión cambió a cada paso, conforme veía más detalles: el pómulo amoratado, la sangre en el labio, la manga rasgada, los nudillos arañados y la niña protegida desesperadamente contra su pecho.
Cuando llegó al banco, se agachó hasta quedar a su altura.
Durante medio segundo contempló a Lucia como si el mundo se hubiera vuelto de pronto demasiado grande para comprenderlo.
Entonces el frío decidió por él.
Se quitó el abrigo oscuro de lana con un movimiento urgente. Debajo solo llevaba la camisa blanca arrugada y la corbata floja, y el aire gélido lo golpeó con tanta fuerza que le hizo temblar la respiración.
Pareció no notarlo.
Envolvió primero a Lucia con el abrigo y después a Isabella, cubriendo con la gruesa tela la cabeza y los hombros de la niña y manteniéndolo cerrado con una mano.
—¿Qué ha pasado?
Las palabras salieron bajas y urgentes. No gritó, pero en su voz había un pánico que intentaba controlar.
Isabella lo miró entre lágrimas.
Magullada. Ensangrentada. Helada. Demasiado agotada para protegerse de la ternura que veía en su rostro.
Mateo mantenía el abrigo cerrado alrededor de ella y de Lucia con una mano. Con la otra, se acercó lentamente.
Durante unos instantes, Isabella se limitó a mirar aquella mano.
La última vez que había confiado en él había terminado sola.
La última vez que había confiado en su familia había acabado en un banco, bajo el frío, con una recién nacida hambrienta llorando contra su pecho.
Entonces Lucia gimió bajo el abrigo.
Ese sonido decidió por ella.
Isabella extendió la mano.
Los dedos de Mateo se cerraron alrededor de los suyos con cuidado, como si temiera romperla si apretaba demasiado.
—Vamos a ponerla a salvo del frío —dijo.
Isabella negó con la cabeza al sentir que el pánico regresaba.
—No puedo pagar un hospital.
—No te he preguntado si puedes pagarlo.
—No tengo seguro.
—Isabella.
Su voz fue suave, pero consiguió detenerla.
—No te quedes aquí sentada como si Lucia tuviera que ganarse el derecho a estar a salvo.
Oír el nombre de la niña en sus labios estuvo a punto de derrumbarla.
Lo miró.
—¿Sabes cómo se llama?
El rostro de Mateo se contrajo de dolor.
—No. Te he oído decirlo.
Durante un segundo, la verdad quedó suspendida entre ambos.
No lo sabía.
No había sabido nada.
Mateo bajó la vista hacia Lucia, envuelta en su abrigo y llorando débilmente contra el pecho de Isabella.
—¿Cuánto tiempo tiene?
—Tres semanas.
Él cerró los ojos.
—Tres semanas —susurró.
Cuando volvió a abrirlos, no había ira en su rostro. Solo conmoción, dolor y una culpa tan profunda que parecía haberlo vaciado por dentro.
—No lo sabía —dijo—. Isa, te juro por Dios que no lo sabía.
Ella quería estar enfadada.
Llevaba meses ensayando aquel enfado.
Pero el frío, el hambre y el miedo la habían reducido a algo demasiado sincero para seguir fingiendo.
—Lo sé —susurró.
Mateo levantó la vista bruscamente.
Isabella tragó saliva y volvió a notar el sabor de la sangre.
—Me enteré después de que te marcharas.
La vieja herida volvió a abrirse entre ellos.
La noche en que murió su madre.
El funeral al que apenas había sobrevivido.
La silla vacía junto a ella durante la cena familiar posterior porque la empresa de Mateo lo había enviado a Dallas para resolver una adquisición urgente. Su promesa de regresar en cuarenta y ocho horas. La semana siguiente. El silencio. Las llamadas que dejó de hacer porque cada tono sin respuesta le parecía una súplica.
—Me abandonaste aquella noche —dijo—. Enterré a mi madre y tú te marchaste.
El dolor cruzó el rostro de Mateo.
—Lo sé.
—No —replicó—. No lo sabes. Aquella noche necesitaba saber que yo te importaba más que tu trabajo. Y no fue así.
Mateo recibió sus palabras sin defenderse.
—Regresé —dijo en voz baja—. Y tú ya no estabas.
Isabella frunció el ceño entre lágrimas.
—Fui a tu apartamento. Tu vecina me dijo que te habías mudado. Diego me aseguró que te habías marchado a Phoenix con una prima y que no querías que volviera a ponerme en contacto contigo.
El viento pasó entre ellos.
—¿Te dijo eso?
Mateo asintió con amargura.
—Dijo que, si te quería de verdad, debía dejar que empezaras de nuevo.
Isabella se quedó mirándolo.
Durante meses había construido una versión de la historia en la que Mateo había elegido el trabajo, la distancia y su propia vida porque la de ella se había vuelto demasiado pesada. Aquello dolía menos que imaginar que él había regresado y solo había encontrado la mentira de su hermano esperando al otro lado de la puerta.
—Me cortaron el teléfono —dijo—. Después vendieron el edificio. Luego me redujeron las horas de trabajo y terminé mudándome con Diego. —La voz se le quebró—. Después de un tiempo, cada día de silencio hacía que el siguiente resultara todavía más difícil.
Mateo miró hacia la maleta cerrada sobre la grava.
—¿Ha sido Diego quien te ha hecho esto?
Isabella no respondió.
No era necesario.
La mandíbula de Mateo se tensó, pero no apartó la atención de ella. No convirtió aquel momento en una cuestión sobre su propia rabia.
Lucia volvió a llorar, esta vez con menos fuerza.
Mateo se levantó de inmediato.
—Primero, el hospital.
—Nada de policía.
—Primero, un médico —dijo—. Todo lo demás vendrá después.
Recogió la maleta cerrada con una mano y el bolso de los pañales con la otra. Después la miró, mientras su propio cuerpo temblaba de frío sin el abrigo.
—¿Puedes levantarte?
Isabella lo intentó.
Las rodillas casi le fallaron.
Mateo soltó las bolsas y la sujetó antes de que pudiera caer, rodeándole los hombros con un brazo y asegurándose al mismo tiempo de que el abrigo siguiera cubriendo a Lucia.
—Lo siento —susurró ella.
—Deja de disculparte.
—No sé qué hacer.
—Yo sí.
La voz se le quebró en la última palabra porque no era del todo cierto.
Todavía no.
Pero sabía lo suficiente.
Las llevó hasta su coche.
Encendió la calefacción antes incluso de cerrar su propia puerta. Envolvió la manta de Lucia con una bufanda de repuesto y no dejaba de mirarla por el retrovisor, como si temiera que pudiera desaparecer si apartaba la vista demasiado tiempo.
En urgencias, las luces fluorescentes hicieron que todo pareciera más duro y más real.
Una enfermera de triaje echó un vistazo al color de Lucia y las hizo pasar enseguida. Aparecieron mantas térmicas. Un residente de pediatría comprobó la temperatura de la niña, su nivel de hidratación, los pulmones, los reflejos, los diminutos dedos de las manos y de los pies.
Otra enfermera acompañó a Isabella hasta una silla y frunció el ceño al medirle la tensión.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —preguntó.
Isabella abrió la boca.
No salió nada.
Mateo respondió desde el lado de la cuna.
—No lo sé.
La enfermera lo miró.
—Acaba de dar a luz —añadió él con voz áspera—. Estaba fuera, bajo el frío. La han agredido.
La expresión de la enfermera se suavizó y se volvió profesionalmente atenta.
—Cuidaremos de las dos.
Apareció una trabajadora social con zapatos cómodos y una chaqueta azul marino. Hizo preguntas delicadas con voz tranquila. No presionó a Isabella cuando vacilaba. No pronunció la palabra maltrato hasta que Isabella la dijo primero.
Cuando por fin regresó el médico, Lucia dormía en una cuna calentada, con una manita extendida junto al rostro.
—Tiene frío y está ligeramente deshidratada —explicó—. Pero los pulmones suenan limpios y no veo señales de nada más grave. La habéis traído cuando era necesario.
Isabella asintió una vez.
Entonces, para su propia humillación, empezó a llorar.
No como había llorado en silencio en el parque. Ni de esa forma que podía ocultar girando la cara.
Era un llanto que la dobló por la mitad.
Lloró por el pasillo ante la puerta del apartamento de Diego. Por su madre. Por su teléfono sin batería. Por la niña que casi había pasado la noche al raso porque Isabella se sentía demasiado avergonzada, demasiado pobre y demasiado asustada para pedir ayuda a la persona adecuada.
Mateo se sentó a su lado.
No intentó hacerla callar.
No le dijo que todo saldría bien.
Se limitó a quedarse.
Más tarde, en el aparcamiento del hospital, bajo una lluvia fría que brillaba con las luces, Mateo permanecía con las mangas de la camisa bajadas, pero todavía sin abrigo. Isabella llevaba una sudadera que le habían regalado en urgencias. Lucia dormía envuelta en una manta de verdad, caliente contra su pecho.
—Mi hermana tiene una habitación de invitados —dijo Mateo—. Elena. Es enfermera. Puedes quedarte allí esta noche. O una semana. O todo el tiempo que necesites mientras buscamos algo más seguro. Sin condiciones.
Isabella estudió su rostro.
El antiguo instinto apareció de inmediato.
¿Cuánto me costará esto?
¿Qué querrá a cambio?
¿Cuánto tardará la amabilidad en convertirse en resentimiento?
Mateo pareció ver todas aquellas preguntas y respondió a la única que importaba.
—Esta noche no me debes confianza —dijo—. Solo permite que Lucia esté caliente.
Elena abrió la puerta vestida con pantalones de chándal y una chaqueta enorme, con el pelo recogido en lo alto de la cabeza. Observó el rostro amoratado de Isabella, la camisa y la corbata de Mateo, la niña dormida y las pulseras del hospital.
Solo hizo una pregunta.
—¿Necesitáis que sea cariñosa o que sea útil?
Isabella estuvo a punto de derrumbarse otra vez.
Mateo respondió en voz baja:
—Útil.
Elena asintió una vez.
—Perfecto. Ser útil se me da mejor.
Cogió el bolso de los pañales, puso agua a calentar, abrió la habitación de invitados, buscó toallas limpias, dejó botellas de agua en la mesilla y sacó una minicuna del trastero como si de algún modo hubiera estado esperando que el mundo le llevara una recién nacida a medianoche.
No hizo preguntas indiscretas.
No miró a Isabella con lástima.
Se movía por el apartamento como si hacer sitio a otras personas fuera una habilidad que hubiera practicado deliberadamente.
Aquella noche, después de que Lucia comiera y por fin se quedara dormida, Isabella permaneció despierta en el borde de la cama con una mano cerca de la cuna, temiendo que el sueño pudiera arrebatarle algo si se relajaba demasiado.
Mateo apareció en la puerta.
—¿Puedo pasar?
Ella asintió.
Él acercó una silla a la cama y se sentó con los codos apoyados sobre las rodillas. Parecía más agotado que nunca.
Durante un rato, ninguno de los dos habló.
La habitación solo contenía el leve murmullo del vigilabebés y la respiración diminuta de Lucia.
Entonces Mateo dijo:
—Debería haberme quedado después del funeral.
Isabella bajó la vista hacia sus manos.
—Yo debería habértelo contado.
Mateo dejó escapar un suspiro cansado y triste.
—Los dos fuimos unos cobardes justo en el peor momento posible.
A pesar de todo, aquello estuvo a punto de hacerla sonreír.
—Tenía miedo —admitió—. Al principio estaba enfadada. Después me sentí avergonzada. Y luego pensé que, si te lo contaba, creerías que estaba intentando atraparte.
Mateo miró a Lucia.
Después volvió a mirar a Isabella.
—He pasado el último año creyendo que yo era la clase de hombre del que habías tenido que desaparecer —dijo—. Eso ya era bastante malo. Pero descubrir que tengo una hija y que me he perdido las tres primeras semanas de su vida porque los dos estábamos demasiado heridos para confiar el uno en el otro… —Negó con la cabeza—. Eso es otra cosa.
Cuando Isabella levantó por fin la mirada, él ya la estaba observando.
—Pero ahora estoy aquí —dijo en voz baja—. Si me permites quedarme.
Isabella se levantó antes de que pudiera convencerse de lo contrario, se acercó a la cuna y tomó a Lucia en brazos. Después se volvió y depositó con cuidado a la niña en los brazos de Mateo.
Él la recibió con la ternura aterrorizada de un hombre al que acababan de entregar algo sagrado.
—Se llama Lucia Elena —dijo Isabella—. Por mi madre.
Mateo contempló el diminuto rostro apoyado en su antebrazo.
—Hola, Lucia Elena —susurró.
La niña abrió un ojo soñoliento, suspiró y se acomodó contra él como si hubiera tomado la pequeña y privada decisión de confiar en aquel desconocido.
Isabella sintió que algo cambiaba en la habitación.
No era magia.
Ni perdón.
Ni una desaparición limpia del dolor.
Era algo mejor.
El principio de la verdad.
Pasaron los meses.
El invierno fue retirándose despacio. El peor frío desapareció. Una mañana, los árboles frente al apartamento de Elena mostraron sus primeros brotes de un verde pálido e Isabella comprendió que había sobrevivido el tiempo suficiente para darse cuenta de que llegaba la primavera.
Mateo se quedó.
No mediante grandes discursos ni promesas dramáticas.
Lo hizo de formas corrientes y obstinadas que importaban mucho más.
Aprendió a calmar a Lucia cuando arqueaba la espalda y lloraba por los gases. Compró una cuna de segunda mano y pasó un sábado entero lijándola y pintándola porque Elena aseguró que unas barandillas astilladas eran inadmisibles. Llevó a Isabella a la comisaría cuando finalmente denunció a Diego y Marisol y después se sentó junto a ella sin intentar hablar en nombre de su dolor ni una sola vez.
Estuvo allí cuando la falta de sueño los volvía irritables el uno con el otro.
Estuvo allí cuando Lucia tuvo fiebre.
Estuvo allí cuando Isabella rompió a llorar en el supermercado porque el pasillo de la leche de fórmula era demasiado luminoso, demasiado caro y demasiado abrumador.
Y volvió al día siguiente.
A principios del verano, Isabella consiguió un trabajo a media jornada en una librería del barrio cuyo paciente propietario no ponía inconvenientes si tenía que llevar a Lucia durante una hora entre turnos. Ella y la niña se mudaron a un apartamento pequeño, con armarios blancos descascarillados y una ventana sobre el fregadero por la que entraba la luz de la mañana.
No era gran cosa.
Pero era suyo.
Mateo tenía su propia llave, aunque seguía llamando antes de entrar.
Un sábado de junio regresaron al parque.
Los mismos robles se alzaban sobre el sendero, ahora cubiertos de hojas. El estanque brillaba bajo el sol en lugar de acumular hielo en los bordes. Los niños reían cerca de los columpios, despreocupados y llenos de vida, y sus voces atravesaban el aire cálido.
Pero esta vez Isabella no temblaba sobre un banco con un teléfono apagado y una recién nacida hambrienta entre los brazos.
Habían extendido una manta sobre la hierba. Lucia, sana y con las mejillas redondas, agitaba las piernas y soltaba grititos al ver las hojas sobre su cabeza. Mateo estaba sentado a su lado, apoyado sobre una mano y tendiendo la otra para que la niña le agarrara un dedo con toda la feroz determinación de alguien que acababa de descubrir su propia fuerza.
Elena había llevado limonada y fresas. El cielo estaba despejado. Cerca de allí, alguien escuchaba salsa antigua en un altavoz portátil y, por una vez, la música no parecía pertenecer a otra vida.
Sonaba a verano.
Mateo levantó la vista hacia Isabella. Su expresión era tan abierta, tan desprotegida, que ella tuvo que apartar los ojos durante un segundo para serenarse.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Isabella negó con la cabeza.
—Nada.
Pero no era nada.
Era el hecho de que él estuviera allí.
El hecho de que Lucia estuviera caliente.
El hecho de que las risas ya no sonaran como algo que solo les ocurría a otras personas.
Mateo se levantó, cruzó la manta y le tendió la mano.
Esta vez, la luz del sol caía sobre ella.
Isabella la tomó y se puso en pie.
Entonces, con Lucia riendo entre ambos y el viento moviéndose suavemente entre los árboles, Mateo se inclinó y la besó con ternura, como si estuviera formulando una pregunta cuya respuesta estaba dispuesto a aceptar fuera cual fuera.
Isabella le devolvió el beso.
Cuando se separaron, Lucia soltó un pequeño sonido de indignación por haber sido ignorada durante unos instantes, y los tres adultos se echaron a reír.
Un año antes, Isabella jamás habría creído posible aquella tarde.
Ni el pequeño apartamento limpio.
Ni la segunda llave.
Ni el hombre que había regresado y que seguía regresando cada día.
Ni la niña cuyo comienzo había sido tan aterrador y que ahora estaba tumbada en medio de la manta, parpadeando hacia el cielo como si el mundo entero hubiera tenido siempre la intención de quererla.
Pero la vida no siempre comienza donde debería.
A veces empieza después de una puerta cerrada de golpe.
Después de un teléfono sin batería.
Después de un banco en un parque y de una noche que parecía decidida a tragárselo todo.
Y, a veces, cuando la gracia se siente generosa, vuelve a comenzar en el mismo lugar donde estuvo a punto de terminar.
Isabella miró al otro lado del estanque, hacia las familias, la luz del sol y los niños que corrían hacia las voces que los llamaban para volver a casa.
Esta vez, aquel sonido no le pareció lejano.
Esta vez, le pertenecía.